Cronicas foreros…, Mi primer Maratón por Danielle.


Aunque ya publiqué mi relato anteriormente, para los nuev@s forer@s aquí la crónica de mi primer maratón, Calvià ’92

Mi primer maratón

Siempre he sido muy deportista. A los 4 años ya saqué un mini diploma de natación que consistía en nadar 50 metros braza, y 25 metros de espalda, o sea, mantenerse a flote. Del mini diploma, fui a por el diploma A. Para ello había que realizar 3 pruebas: 100 metros braza, 50 metros espalda y 1 minuto mantenerse a flote en posición vertical (manos y cabeza fuera del agua y “bracear” con las piernas). Ya con el diploma A en el bolsillo me animé para el diploma B. Las mismas pruebas que el A, pero había que tirarse de cabeza a la piscina. Mi primer intento fue también el último. El borde de la piscina era bastante alto, y al lanzarme, caí de barriga en el agua. El dolor era horrible, como si me habían despellejado de un tirón. Dejé la natación.

A los 7 años empecé a montar a caballo y a los 8 años mi padre compró un caballo. Durante los 7 años seguidos monté cada día. Llegué a competir tanto en doma como en hípica.

En el año 1980 nos mudamos toda la familia a España. En aquella época poco deporte se practicaba, y menos las mujeres. Sólo existían 2 gimnasios, con la peculiaridad que los hombres y las mujeres entrenaban en salas separadas. Los hombres hacían pesas y las mujeres hacían gimnasia sueca con pesas pequeñas.

Y llegó el año 1992. Ya había practicado el “body building”, fitness, squash, tenis y patinaje. Se me pegó la vena por correr, o como decían en aquel momento “hacer footing”, y hoy en día ya decimos “hacer running”. Nunca he entendido esa moda de poner palabras inglesas al castellano. Empecé a correr para bajar un poco de peso. Cada día entrenaba una horita en un bosque en la parte arriba de la ciudad. Bueno, viéndome ahora, no corría nada bien, más bien me arrastraba, pero estaba convencida que lo hacía fenomenal. Y un día hojeando una revista pillé un artículo interesante sobre 100 cosas que hay que hacer antes de morir. Empecé a repasar los 100 puntos y me detuve en un punto que decía: si eres deportista, la mejor experiencia es correr un maratón. Claro, yo me consideraba deportista, así que, correr un maratón me parecía factible. ¡Como puedes ver iba sobrada! Por recomendación de unos amigos me apunté a un club de atletismo. Muy segura de mi misma me presenté a mi futuro entrenador que me miraba como si había aterrizado de otro planeta. Cuando me preguntó en qué modalidad quería entrenar puse cara de “no comprendo”. Me hablaba de velocista, semi-fondista o fondista. Ni idea de qué me estaba hablando. Para disimular mi ignorancia sobre atletismo le contesté que mi objetivo era correr un maratón. Haber visto la cara del entrenador. Le expliqué que quería correr un maratón en diciembre (faltaban “solo” 2 meses y medio). Creo que por respeto, el entrenador no se descojonó de risa. Con una sonrisa sardónica me dijo: “No vas a poder”. Yo estaba indignada, ¿Qué se había creído el tío ese? Así que, con todo mi orgullo le dije que sí podía. “Tu misma”, me contestó.

Con el primer entrenamiento tuve que reconocer que era una corredora pésima. Era la atleta más mayor (28 años) y entrenaba con niños y adolescentes. Era “la mamá”. Pero claro, no iba a ser menos que ellos. Entrenaban con ellos con la diferencia que cuando ellos terminaron yo tenía que seguir media hora más. Las primeras 2 semanas eran terribles. Había que adaptar el cuerpo a un ritmo cardiaco, seguir a los niños con la lengua fuera, la cara roja como un tomate, sacar los pulmones y el hígado por la boca y acostarme cada noche con fiebre. ¡Eso no podía ser sano! Pero mi orgullo no iba a permitir dar la razón al entrenador, así que, seguía los entrenamientos a pie de la letra.

Los 2 meses y medio pasaron rapidísimo. Llegó el día del maratón. Había que correr 42 kms y 195 metros. Orgullosa fui a buscar mi dorsal, esto iba a ser mi primera competición corriendo. Una locura que no recomiendo a nadie.

Llegó la hora de la salida. ¡Mi gran momento! Todavía sonreía……………. Empezó la carrera. Había que dar 2 vueltas a un circuito de 21 kms. Pasé la primera vuelta en 1 hora y 45 minutos. “Sólo” quedaban otros 21 kms. Esto estaba chupado. Seguía con el mismo ritmo hasta el km 30. Dicen que el maratón empieza en el km 30. Claro, eso leí después…………….. Y aquí empezó el infierno, un camino de vencer obstáculos, exprimir el cuerpo al máximo, pasar los límites del esfuerzo e intentar no perder la cabeza. Faltaban 12 kms, y las piernas empezaron a protestar. Aflojé el ritmo, los hombros pesaban, ganas de tirar la toalla, pero no, había que seguir. No quería dar el gusto a mi entrenador de decirme: “¡Te dije que no podías!” Había hecho un juramento que llegaría, aunque fuera de rodillas ensangrentadas y mordiendo el asfalto. Pero llegaría, con el puño bien alto. Calculaba que me quedaría todavía una hora para llegar a la meta. Una hora, o sea, sesenta minutos. ¿Cuántos pasos caben en un minuto? Intenté no pensar, pero cada paso era un cuchillazo en el cuadriceps. ¿Quién me mandaba a correr un maratón? Yo era la culpable, nadie me obligó a torturarme voluntariamente. Yo me había metido en ese desafío y no quedaba más remedio que seguir la aventura. Casi tropecé con el cartel que indicaba que estaba en el km 32. Ya había hecho ¾ maratón. Quedaban 10 kms. Corría con el piloto automático, la mente ya no estaba en este mundo, observaba el entorno a cámara lenta, mis piernas iban solas, por inercia. El dolor estaba presente, estaba reflejado en mi cara, el cuerpo flaqueando. Hablaba sola, y momentos de mi vida pasaban como flashes (ramalazos) por la mente, mi infancia, la adolescencia, la muerte trágica de mi padre. Miraba al cielo, buscaba el apoyo de mi padre. ¡Por favor, ayúdame! Ya estaba alucinando, llamando hasta a los muertos, una señal del delirio. Corría sin combustible, el agotamiento muy cerca, el cuerpo ya había quemado los hidratos de carbono y buscaba desesperadamente los depósitos de grasa. Si, si, los michelines! Alguna capita de grasita me quedaba, suficiente para soportar más kms. Llegó el km 34. ¡Madre mía, 8 kms más! Por el ritmo que llevaba había que aguantar por lo menos 45 minutos más, una eternidad. Mi padre no me contestaba, normal, para ello tenía que resucitar primero ¿no? Mi frustración se convirtió en enfado y rabia. Maldije a mi padre, me sentía sola, abandonada. Era victima de mi propia estupidez. ¿A quién se ocurre correr un maratón sin previo experiencia? ¿Eh? Pero seguía mi ruta. Iba a demostrar al mundo quién era yo. Seguí penosamente, luchando cada paso. El ácido lácteo ya se había adueñado de los músculos, provocando rigidez y más tensión en el cuerpo. Suspiro tras suspiro. Parecía que iba a desencajar cada momento. Aleluya, veía el cartel con km 36. Uf, uf, quedaban 6 kms, un poco más de media hora. Corría al lado de la playa y qué ganas de desplomarme en una hamaca. Estaba atrapada en una pesadilla y la única manera de despertarme era llegar a la meta. El cansancio estaba invadiendo cada célula de mi cuerpo. Me dolía el culo y hasta las pestañas pesaban. Ya ni sentían los pies, seguramente estaban llenos de ampollas por arrastrarme como una tortuga. Entraba en una fase de que todo me daba igual, pero seguía corriendo, “tragando” kilómetro tras kilómetro, observando la playa y el mar. Gente animándome, pero estaba media sorda y media ciega. En cierta manera iba en trance, llegó incluso a ser un momento agradable, media drogada por todo tipo de sensaciones: dolor, tristeza, nostalgia, alegría, rabia y un largo etcétera de sentimientos que no puedo definir. Y sin darme cuenta ya estaba en el km 38. Volví a la realidad. El rato de trance me había ido bien y ahora sólo quedaban 4 kms. Recuperé fuerzas, mordiendo los labios, aparqué los dolores y un eco interior me repetía “no hay dolor, no hay dolor”. De repente estaba muy tranquila. La peor parte ya había pasado. Empecé hacer paz conmigo misma, paz con la vida, paz con los momentos malos que había pasado, y volví a sonreír. Pensaba en mis seres queridos que me estaban esperando en la meta, y en las cosas bellas que ofrecen la vida. Poco a poco pude desatascar los nudos en la mente. Ya no sentía dolor, sino alegría. Iba a llegar a la meta, estaba segura. Estaba en el km 40, sólo quedaban 2 kms. Gente aplaudiendo en la calle, gritando ¡vamos! Más gritos en inglés: “go, go, go!!!!” ¡Estaba llegando! ¡Lágrimas de emoción, escalofríos recorriendo por la espalda, si, si, si!!! Pasé el cartel con el km 42. Quedaban los últimos 195 metros…………………………… Espectadores entusiasmados animando, aplausos ensordecedores, oí hasta mi nombre por los altavoces: ¡¡Y aquí viene Danielle!! ¡¡Vamos!! De nuevo el escenario se convirtió en movimientos a cámara lenta. ¡Lo había conseguido! Si, si, estaba cruzando la meta con los 2 brazos bien en alto, puños cerrados, señal de victoria. Fue un momento mágico. El crono marcaba 3 horas, 57 minutos y 12 segundos. Me sentí como una mariposa que sale de su capullo, desplegando las alas y a volar libre hacía una vida nueva.

Después del maratón estuve 2 semanas levitada. Eso si, con agujetas, las piernas como 2 palos rígidos y una sonrisa permanente, consecuencia de una sobredosis de endorfinas, las hormonas de felicidad. El maratón me sirvió como una terapia express, me quitó las tonterías que tenía en la cabeza y de repente vi claro qué es lo que quería en ésta vida. El maratón fue una experiencia inolvidable, una experiencia que he vuelto a repetir hasta 10 veces, pero nada mejor como el primero.

Y el artículo en la revista tenía razón: si eres deportista, corred un maratón. ¡Vale la pena!

Foto actual de Danielle en plena acción! dando unas clases en el Castillo de Bellver.

Leave a Reply